jueves, 9 de febrero de 2017

Obertura

Picaba la nariz el humo de los disparos y con la vista nublada trató de rascarse. Los dedos olían a encendedor y a metal caliente.
El humo de la pólvora comenzaba a disiparse y el tinitus en los oídos aún taladraba en su cerebro con su pitido infernal luego de los estampidos. Magda apartó la vista del cuerpo que aún emitía estertores agónicos de fatal sorpresa, miró el arma aún humeante en su mano izquierda, la empuñó con fuerza y, con firmeza, se puso en movimiento.
Corrió escaleras arriba, nerviosa, urgente, sudorosa por el calor de esa tarde de verano y por la tensión que sentía mientras el corazón latía con fuerza en su cuello y sus sienes. Entró a su habitación respirando angustias pero a la vez con una resolución firme en su mente y en sus manos. No daría pie atrás ni se entregaría.
Ahora sólo estaba en su mente escapar. Se mantuvo en silencio unos minutos, aguardando voces o movimiento en las demás casas del condominio luego de haber disparado el arma.
No escuchó voces ni nada que la alertara, salvo el ladrido lejano de un perro en el condominio del lado, y el motor de los buses y demás vehículos que circulaban insensibles por Américo Vespucio, un centenar de metros más allá.
Miró por la ventana de su habitación y se sorprendió al comprobar que, luego del hecho, la vida simplemente seguía su curso en esos parcos y correctos chalets construidos con precisión castrense en ambos condominios, habitados por uniformados y funcionarios de Gobierno en la comuna. Unos cuantos taxis y automóviles circulaban por la calle aledaña y dos pequeñas niñas rubias tomadas de la mano de una mujer morena y de trenzas caminaban tomando un helado.
Respiró tranquila y se concentró.
Guardó algo de ropa interior en una mochila que aún contenía arena de playa de su último verano en Algarrobo con sus amigas. Tomó de su armario unos jeans, unas botas café de cuero y tacones que amaba y escondió el arma al fondo de su mochila. Extrajo todo el dinero que guardaba con cierto dejo infantil en una caja de madera en una repisa sobre su cama y miró el montón desordenado de billetes, apenas lo suficiente para escapar a Argentina por tierra y sobrevivir en alguna ciudad pequeña por una semana, pensó. Sacó su estuche personal desde su bolso de uso diario, comprobó su contenido y lo guardó en su mochila.
Fue al baño, con una urgente necesidad producto del stress y la tensión. Luego lavó sus manos y su cara. Miró al espejo su rostro, sus profundos ojos verdes maternos, cepilló con ligereza su cabello castaño y miró su pequeña cicatriz de peste cristal en una de sus mejillas, recordando en ese momento el apodo con el que su padre, ahora muerto de tres balazos en el pecho y que yacía desangrándose sobre el suelo del living, le llamaba durante su niñez.
("Carita de queso")
Quiso llorar pero no debía permitírselo. Era preciso escapar.
Carita de queso.
Mochila lista, dinero en su bolsillo. Bajó al living y extrajo las llaves del auto de su padre desde el bolsillo de su pantalón. Miró por última vez el cadáver tirado en el suelo del living, entre el sofá y un sillón, desparramado y olvidado como un saco roto en medio de un charco de sangre granate y gomosa que Magda, no sin algo de desdén, se esforzó en no pisar.
Del cinturón de servicio de su padre extrajo dos cargadores repletos de munición para el arma, guardándolos en la mochila. Decidida, cruzó la puerta de su casa, la reja del antejardín, entró al auto y se alejó para siempre de su hogar.
Una cuadra más allá, en la esquina, y antes de tomar el empalme hacia Americo Vespucio su alma no resistió más la tensión y se dejó caer sobre sí misma. Magda acercó el auto a la acera, puso ambas manos sobre el volante y lloró, con un llanto abrumador que la apabulló por largos minutos. Recuerdos de infancia, cumpleaños, navidades, paseos de verano con su madre fallecida de cáncer años atrás; todo se amalgamaba en un angustioso flashback cuyo episodio final definiría y cambiaría el curso de su vida para siempre.
Nadie tocó a la ventana del auto a pesar de su llanto. Apenas unos niños en bicicleta pasaron por su lado, indiferentes y felices. Diez minutos después se miraba en el espejo retrovisor, secándose las lágrimas y buscando unos cigarrillos olvidados en su mochila. Debía partir donde Coni y Zyra y pedirles alojamiento durante unos días.

Se caló unos anteojos negros, encendió un cigarrillo y trató de sintonizar una buena canción en la radio. Dejó el dial en un canal de noticias y volvió a poner en marcha el auto para conectar con Américo Vespucio y conducir hacia el departamento de sus amigas.

"Y en noticias del espectáculo, se confirma la  reciente llegada al país de Ricardo Arjona para esta nueva versión del Festival de la Canción de Viña del Mar. Los dejamos con una canción de su último disco, "Historias", la canción "Historias de Taxi...."

Eran las 17:48 horas del último sábado del mes de enero de 1995.





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