viernes, 17 de febrero de 2017

Capítulo 1, "Belleza Fría"

"Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.
Pero cae la hora de la venganza, y te amo...
"


-Qué aburrido es esto...
La voz de Coni sonaba llena de flojera y hastío ese sábado al atardecer, quizá demasiado apagada para pertenecer a la bella mujer de origen turco que en el dormitorio del departamento, sobre su cama, recorría con el control remoto los canales de televisión, sin encontrar nada de su gusto en alguna de las imágenes que rápidamente iban apareciendo y muriendo en la pantalla plana de un aparato gigantesco posado sobre un pedestal de metal negro.

Los  bellos ojos celestes, cansados, se  iban  cerrando lentamente, mientras el tedio y el calor de la tarde la inundaban de sopor, volviendo sus párpados muy pesados y secando sus ojos. Aún mantenía sus ojos entrecerrados y su pulgar seguía pulsando el control remoto y cambiando los canales hasta que, rendida, dejó caer el control, cayendo a la alfombra del dormitorio.
El recorrido de imágenes se detuvo en el canal de videoclips musicales, y el rostro de Madonna, teñido de tornasoles imposibles, jadeaba cantando Fever.
Coni oía la música en medio de esa extraña lucidez que da la fase de sueño primaria, y en su mente lograba traducir de inmediato la letra de la canción, viéndose a sí misma en medio de la sesión de fotos publicitarias de su nuevo empleador, la firma Lancóme, posando feliz y orgullosa en los dorados y elegantes salones del Trianon de Paris.
Soñaba con flashes, con pasarelas llenas de críticos y redactores de revistas de moda tomando nota de cada uno de sus movimientos. dando pasos de felina con total poder sobre el resto, con el rostro perfectamente maquillado, dueña del mundo, la ropa en una precisa caída sobre su cuerpo perfecto, sin dobleces ni arrugas ni imperfecciones, subiendo a su limousine entre flashes de cámaras y manos de fanáticas que la tocaban y la requerían para una imagen con ellas, un autógrafo; periodistas de farándula ávidos de noticias sobre ella y su romance con el rico heredero holandés Van Zwinden, y al abrirse la puerta de la limousine ahí estaba su ex novio, de mirada torva y cicatrices en las mandíbulas, con las manos aceitosas, sonriendo lascivo y hambriento, cogiéndola de un brazo y atrayéndola sobre sí mismo con violencia, empujándola hacia el interior del vehículo.

Un fuerte zamarreo proveniente de una mano morena y llena de pulseras y anillos la despertó violentamente. Coni abrió sus ojos de golpe, molesta y sorprendida.

-Coni... Coni..., despierta rápido. Ven.
La voz de Zyra acusaba un tono de voz que, de inmediato, le hizo pensar en tragedias cercanas o malas noticias.
-Mmm, qué pasa negra...
-Ven Coni, llegó la Magda. Pasó algo.
-???
-Ven por fa....
-Pero qué chucha, negra, por qué no usa el teléfono y viene a joder justo ahora...
-Coni levántante, quedó la cagá.
-Qué...? Conchesum...
-Coni, Magda vino a esconderse. Acaba de matar a su papá.

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La señorita Natividad Teruel, una bellísima y elegante mujer española, fue en su juventud una avezada amazona que en sus ratos libres recorría a caballo y cazaba ciervos con ballestas y a tiros de carabina en las interminables llanuras de la provincia española que le había dado su apellido y cuya capital provincial había sido fundada por sus antepasados . Descendiente de terratenientes y de una rancia nobleza española desde los años de los Reyes Católicos, la joven y hermosa Natividad pasó su tiempo de niñez y juventud entre los finísimos caballos lusitanos que trotaban y retozaban en la amplia finca familiar. Bosques de olivares, enormes campos de cebada y trigo, montes plenos de abetos y robles y un lago cercano fueron el escenario de sus primeros años. Junto a su padre practicaba tiro al pichón, cetrería y tiro con ballesta, luego de horas y horas de cabalgata por las extensas propiedades familiares.
En casa, de paredes encaladas y muebles de roble ennegrecido y cuero repujado, podían verse en cada pared o frontón el escudo de armas de la orgullosa familia Teruel. La joven Natividad crecía junto a sus hermanos, los pelirrojos gemelos Blas e Ignacio y su hermana menor Pía, una rubicunda y risueña niña pequeña con síndrome de Down que odiaba los caballos y que, como todo pasatiempo, prefería irse a la cocina con Ivonne, la criada principal, y ayudarle con los buñuelos, el chocolate que don Rodrigo pedía cada vez que volvía del ayuntamiento de Teruel, y aquellas bombas de helado y crema que su madre, doña Remedios, degustaba con delicia más aun si venia preparada por las albas y regordetas manos de su hija Pía.

Magda recordaba esa historia, contada por su madre doña Natividad desde que era niña y repetida hasta el hartazgo en reuniones familiares, cenas de fin de año y en cuanta reunión pudiese estar presente. A veces agregaba hechos nuevos y rutilantes, a veces omitía y simplemente olvidaba comentar sucesos de importancia obvia. Doña Natividad describía, con acento castellano ya desgastado por el uso forzado, un entorno de nobles millonarios en una estancia gigantesca en las llanuras de Aragón y que, de la noche a la mañana y por obra de los asesinos mandados por el dictador Franco, se convirtió en cenizas la casa familiar, con sus padres don Rodrigo y doña Remedios fusilados detrás de las caballerizas, los criados huyendo despavoridos por los montes de abetos y robles; y ella, los gemelos y su hermana Pía escondidos en el lago, con el agua hasta la nariz y pasando esa noche horrible huyendo de los perros que los asesinos del régimen usaron para buscarles durante horas. Mientras más brandy había pasado por la copa de doña Natividad, la narración era complementada y enriquecida con más detalles terribles, como jinetes vestidos de negro y armados hasta los dientes buscando a una joven de veinte años, a dos gemelos adolescentes y a una niña de seis años, que no paraba de mirar y sonreír a todo.

Doña Natividad llegó a Chile, huyendo, y fue detenida apenas puso un pie fuera del avión que la traía, pobrísima y sin apenas equipaje, desde Madrid. La Interpol y la policía española habían ordenado su búsqueda luego de la muerte de sus dos padres en una casa de campo en las afueras de Aragón. Sus hermanos fueron puestos al cuidado de la familia paterna, mientras Natividad Teruel, luego de leer en una revista a principios de los años 70 acerca de la aventura que Chile había emprendido al elegir a un presidente que instauraría un mandato de corte popular y revolucionario, había decidido viajar hacia ese extrañísimo país del fin del mundo, lejano y exótico, en donde confluían todos los climas posibles, una tira de tierra lejana y misteriosa que desde ese minuto llamó poderosamente su atención.

Nunca se aclaró la verdad acerca de don Rodrigo Teruel y doña Remedios de Cervera. Natividad Teruel Cervera fue puesta en prisión el 3 de marzo de 1972, un día después de su llegada a Chile. Sólo con lo puesto, con unos cuantos dolares en el bolsillo y un par de documentos de identidad, el joven y novato detective Jaime Ciccone fue el encargado de llevarla desde Policía Internacional hasta el anexo femenino de la cárcel pública de Santiago.
Jaime miraba a la hermosa joven española, esposada a su lado en el asiento trasero del vehículo policial. El conductor daba miradas por el espejo retrovisor y sonreía, con complicidad e impudicia, admirando el escote y las piernas de Natividad.
-¿Qué edad tienes? -preguntó Jaime mirando a Natividad a los ojos, unos hermosos y grandes topacios gitanos de verde profundo.
- 27 años. Tú debes tener apenas 18, supongo.
Natividad era altiva, insolente, reforzando su avasalladora sensualidad al hablar con un acento castellano que deslizaba notas de seguridad y desdén.
Jaime se sorprendió y se deleitó con la exquisita insolencia de esta tránsfuga internacional. Miró hacia adelante y sonrió con satisfacción.
-¿Qué mierda viniste a hacer a Chile?
- Entre otras cosas, vine a conocer tu país, es misterioso y me han hablado bien de este lugar.
-Así será, pero a las mujeres acusadas de parricidio no las dejamos veranear acá. Las detenemos y las metemos a una cárcel, junto con las demás delincuentes.
-¿Parricidio...y que diablos es eso?
-Parricidas son las personas como tú, que asesinan a balazos a sus padres.
Natividad miraba por la ventana los páramos eriazos cercanos al aeropuerto, tomados por gente que construía cabañas de latón y madera, de las que colgaban lienzos con puños rojos en alto e imágenes del Che Guevara y de Salvador Allende. Natividad comenzó a hablar con vehemencia.
-Yo no maté a mis padres. Repito lo que os dije al llegar a vuestro país, yo debí huir de los asesinos de mis padres, fascistas al servicio del dictador Franco. Mi padre fue líder del socialismo obrero español aragonés y fue asesinado a tiros por una banda de genocidas fascistas. Exijo me pongáis en libertad.
-Bonita historia y no tengo por qué dudar de lo que me dices. Mientras tanto serás puesta bajo detención mientras resolvemos qué hacer contigo.
Jaime miró a Natividad y unas lágrimas corrían por su rostro. Sus hermosos labios se entreabrieron para dar paso a unos dientes nacarados, una perfecta hilera que iluminaba aún más el perfecto semblante de la joven española.
-Muy bien, llegamos. Cuidado con la cabeza al bajar.

Jaime fue un muy atento detective al cuidar de Natividad. Consiguió mediante contactos en el Gobierno que su historia fuese tomada por verosímil y creíble a oídos del juez del crimen que sustanció la causa. La España de Franco en esos años fue un enemigo declarado del nuevo gobierno socialista de Chile, y devolver a Natividad Teruel de Cervera a España era condenarla a prisión, tortura y a una muerte segura a manos de los franquistas. Su belleza, elocuencia y seguridad, sumado a la ayuda brindada por el detective Jaime Ciccone la pusieron prontamente en libertad, y al poco tiempo gozaba de la condición de asilada por el gobierno de Chile.
La tarde de su libertad, Jaime le llevaba sus efectos personales en un bolso que había conseguido para ella. Obviamente y a esa altura de la historia, el joven detective Ciccone estaba enamorado de Natividad.
-Estás libre Naty. Acá están tus cosas.
-Vale, menuda estadía la que me habéis brindado. Al menos me habéis tratado bien.
-Naty, ¿dónde irás ahora?
-Pues no lo sé, sólo caminaré y algo se me ocurrirá.
-Tengo una idea. Quédate en mi departamento hasta que esa brillante idea se te ocurra.
Natividad lo miró, incrédula y fría.
-Pues vale, por qué no. Ya veremos que pasa más adelante.
-Te llevaré a casa. Yo te dejaré ahí, debo volver al trabajo.
-Vale, pero no esperes cena cuando regreses eh?.

Algunos años más tarde, mientras Pinochet cumplía un año en el poder, Jaime Ciccone fue seleccionado para integrar la recién formada Dirección de Inteligencia Nacional el año 1974, con un generoso aumento en su remuneración, más una serie de bonos y granjerías institucionales que elevaron sustancialmente su rango y su nivel de vida.
Jaime y Natividad se casaron ese mismo año en una elegante y concurrida fiesta en el cerro Santa Lucía de Santiago. Ironías de la vida, pensó Natividad esa tarde mientras varias uniformadas muy jóvenes le ayudaban con su peinado y vestido y se preocupaban de los detalles de la fiesta. Horas más tarde, su belleza radiante era congelada en cientos de fotografías y capturaba la admiración de los compañeros y oficiales superiores de Jaime, y despertaba una soterrada envidia de las mujeres en el salón, de eterno cabello rubio y trajes negros esa noche de fiesta castrense, embutidos en algunos casos hasta la sofocación de sus sufridas y dignas dueñas.

Un año después nació Magdalena Ciccone Teruel.


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-¿Qué hiciste, imbécil....?- Coni hablaba entre dientes, silbando su furia hacia una Magda sentada en un cojín inmenso puesto a un lado del equipo de música. De pie, con buzo deportivo, su imponente estatura y su largo cabello castaño que enmarcaba su rostro perfecto de modelo, miraba con furia y puños apretados a Magda.
-¿Tienes alguna idea de lo que hiciste..., del lío en que nos metes al venir acá?
Zyra, conciliadora, se sentó en un sofá próximo a Magda y la tomó de la mano.
-Coni ya basta, escuchemos lo que Magda tiene que decir.
-Que se vaya a la conchesumadre ahora mismo- Coni se tomaba su cabeza, respiró hondo, miró a Zyra y suspiró con furia nuevamente.
-Conchesumadre..., ¿pero qué cresta hiciste Magda? -Coni resopló al mirarla, mirada a la que Magda respondió bajando la vista hacia la costura amarilla del borde de sus botines Dr. Martens.
Coni, más calmada, fue al refrigerador y sacó una botella de jugo verde, que vertió en tres vasos y los posó en la mesa de centro del living.
- ¿Y qué huevada es esto Coni? -Magda con una sonrisa nerviosa tomó el vaso y olió su contenido, conteniendo una mueca de asco.
- Es jugo de kiwi con apio. A la negra le encanta.
- Ya córtala con eso de negra. Soy india.
Coni la miró con sarcasmo.
-Si, india. India culiá...
Las tres rieron, rompiendo el hielo y derritiendo la tensión del ambiente.
- India de la India -dijo Zyra, bebiendo ese jugo ácido y frío.

Zyra Pattor, una hermosa modelo de ropa casual, actriz e hija de un prominente y acaudalado empresario textil indio, llegó a Chile acompañando a su equipo a grabar spots comerciales en Valle Nevado hace tres años. Su belleza exótica no tardó en llamar la atención de los medios de comunicación, invitándola a programas de televisión, grabando comerciales y posando en pasarelas y en revistas. El manager de ambas modelos había logrado conseguir dos meses de grabación de spots y modelaje en París, siendo el rostro para América de la firma Lancóme. Tanto la belleza india Zyra Pattor como la deslumbrante modelo y actriz turca Coni Amopasad estaban alistando todo para dejar Santiago e irse a Europa, de manera indefinida y comenzando una promisoria y brillante carrera en el modelaje y el showbiz.

Coni y Zyra, con la vista en la alfombra del living, escuchaban con estupor y desasosiego la historia de Magda. Coni de vez en cuando resoplaba hastío, mientras Zyra miraba los fríos ojos verdes de Magda.

"...., esto se arrastra desde hace años, saben. Ustedes aun no llegaban al país cuando mi mamá murió, un cáncer al estómago se la llevó en menos de un año desde que supo que estaba enferma. Tomaba todo el día, salía y regresaba borracha, a veces mi papá mandaba a un par de detectives a buscarla a bares y hoteles que solía frecuentar, a veces le importaba una soberana raja y la olvidaba, y mi mamá llegaba curada como tagua, hediondísima, sucia y ajada, y en la mañana la veíamos durmiendo sentada en la escalera afuera de la puerta de la casa. Mi papá no la golpeaba pero la ignoraba todo el día, sentía asco y vergüenza de ella, y yo aprovechaba de salir con ella los fines de semana. Mi mamá murió en la casa, tapada en morfina y tragos, se negaba a ir al hospital y a someterse a tratamiento. El alcohol y la morfina eran su vida, y así murió, recordando su juventud en España, que yo en realidad nunca supe si era verdad o una de esas historias que contaba cuando se ponía a tomar como loca. Estaba flaquísima y amarilla, yo sólo la miraba y pensaba en qué minuto se le había ido la belleza de los ojos, las ganas de vivir; trataba de explicarme cómo es que mi papá la dejó de amar, qué fue lo que pasó, no sé."
Extrañé mucho a mi mamá. Mi papá no tenía hermanos, nunca tuve primos ni nada, solamente los hijos de los otros detectives y gente del gobierno en esas feísimas casas de veraneo en la playa, viejos de mierda terminaban raja cantando canciones militares y nosotros los niños mirando el fuego de la fogata, aburridos y asustados mientras los pelados del regimiento cercano nos traían bebidas y helados. Odiaba esos fines de año institucionales.
"Mi papá desde chica me enseñó a disparar con pistola, escopeta y todo ese montón de armas que guardaba en la casa. Íbamos al campo a disparar y andar en moto. Me enseñó a pelear, a usar el cuchillo, a pelear con las manos, a defenderme en caso de cualquier cosa. Mi papá era seco en eso, era el mejor".
Me decía que mataría al huevón que me intentara tocar sin antes casarme, y lo decía con mucha seguridad. Nunca me permitió amigos, nunca me dejó salir, me miraba cuando yo salía de la ducha. A veces se acercaba con una toalla y me secaba el cuerpo y me tocaba por todos lados. Yo no podía hacer ni decir nada, estaba sola en el mundo y mi único apoyo era él. Yo lo sentía excitarse, y eso me daba miedo y un asco horrible hacia mí misma".

- Qué cerdo....-dijo Coni, con el vaso de jugo ya vacío en la mano- ¿Nunca le contaste esto a nadie?
-¿Y a quién...? Él era parte de la policía, es una leyenda entre los demás policías, estuvo en la DINA y le conocía secretos a todo el mundo. Nunca lograron acusarlo de nada, vivía muerto de la risa, dirigiendo operaciones contra los opositores a Pinochet. Mató toda la gente que quiso, hasta los mismos milicos le tenían miedo.
"La cosa es que mientras me enseñaba a disparar y a pelear me decía, "hija yo te quiero mucho pero el día que te pongas a pololear con un chascón comunista de mierda lo voy a matar como un perro, te lo juro Magdalena. No te atrevas a desobedecer. Usted es sólo de su papá, de nadie más...."
"Al principio era hasta divertido, me sentía segura. Para mi cumpleaños número 14 hice una fiesta en la casa, de día, muy infantil, con niños del condominio, estábamos bailando y compartiendo con unas niñas vecinas, todas hijas de milicos o de gente del gobierno, ese condominio son puras casas fiscales y eran todos parte del mismo club; la cosa es que esa vez un tipo, hijo de un médico del Hospital Militar, me empezó a molestar, Mauricio me acuerdo que se llamaba, un cabro de 14 años, pecoso y con  los dientes oscurecidos, se creía lindo el feo de mierda. No lo pesqué, me siguió molestando, y en eso va y me dio un agarrón. Yo grité y al comemierda le reventé la nariz de un combo.
Quedó la grande, mi papá se dio cuenta porque nunca dejaba de vigilar, apagó la música, agarró del cuello al famoso Mauricio, lo sacó al antejardín y lo tapó a patadas y bofetadas en la cara. Le sacó la cresta. El papá, un médico que vivía en el condominio, vino a reclamar indignado, amenazando con demandar a mi papá y hasta con matarlo por lo que le había hecho a su pobre niño.
"No pasó nada, obviamente, pero supe un mes después que ese médico había sido detenido por tráfico de drogas, por abortero y por recetar barbitúricos sin motivo a drogadictos que eran su cartera de clientes. Mi papá se encargó de cagarle la vida y la carrera, y creo que sigue preso.
"Nunca me perdonó no entrar a la Escuela de Investigaciones o ser uniformada. Yo quería hacer otras cosas, conocer gente, salir de la casa, escapar de las manos de mi papá, de sus toqueteos y esa manera de mirarme. Irme de la casa por fin. Entré a la facultad y por primera vez en mi vida me sentí libre. Mi papá me odió cuando le dije que me iría a vivir con otras compañeras a un departamento cerca de la universidad, me entregó una tarjeta de crédito y no me volvió a hablar durante meses.
No lo volví a ver, lo mandaron al extranjero en comisión de servicio por casi un año, mientras yo estudiaba Ingeniería tranquila y libre, y pude por fin pololear con alguien sin temor a que mi papá lo pudiese matar.
- Me acuerdo cuando nos conocimos en ese casting de publicidad para un yogur- señaló Zyra, para luego levantarse e ir hacia el equipo de música y hurgar entre unos CD para insertar uno de Björk -nos hicimos amigas desde ese mismo día, me caíste super bien, y ya andabas con tu pololo, un chico muy simpático, ¿cómo se llamaba?
- ¿No será ese hijo de puta del Andrés, Magda? -silbó Coni entre dientes, furiosa otra vez, con los ojos lanzando chispas- Me acuerdo cuando me lo presentaste, me cayó mal de inmediato. Y supe que te cagó con una compañera tuya además.
- Sí, también supe eso pero no es lo más importante. Con ese infeliz ya andábamos, me acompañó a ese casting de mierda, al final el comercial lo grabó la huevona esa de la Paola Camaggi, luego de comerse al hijo del dueño del producto que fue a mirar el casting. La sacó de la fila, le dijo al productor "la quiero a ella" y se la llevó, y todas las que estábamos esperando hacer el casting cagamos y tuvimos que irnos. ¿Te acuerdas Zyra, las de puteadas en  indio que echabas?
- Si po, daba rabia, era mi tercer casting en esa semana, ya estaba aburrida de promocionar leche en los supermercados y de que se me lanzaran a cada rato los maridos aburridos, esos viejos patéticos de bermudas beige y mocasines con calcetines.
- Tonta la hueona....-rió Coni, yendo a buscar más jugo verde- Y entonces, ¿qué pasó con ese tal Andrés?
- Estoy embarazada de ese pendejo imbécil. Debo ir por el tercer mes o un poco menos.
- ¿En serio.....? -Zyra la miraba con unos ojos gigantes- ¿Y tu pololo lo sabe?
Magda, cansada de su posición, se quitó los botines dr. Martens que calzaba y se sentó en el suelo.
"Se lo dije el año pasado, una semana antes de Navidad. Me mandó a la mierda, me dijo que había decidido dejar la Universidad para irse al extranjero a algo que no me podía contar, que era la oportunidad de su vida y que lo lamentaba mucho pero no quería amarrarse a nadie.
Le dije que tampoco pensaba pedirle nada, pero no tenia ningún interés en interrumpir el embarazo. En el fondo yo quería que pasara esto, que pasara algo en mi vida y darme la oportunidad de probarme quien soy y seguir siendo libre y feliz. Y siempre supe que ese tipo no era más que un accesorio en mi vida, un accesorio que con el tiempo demostró ser lo que es, un parásito nefasto.
"No me dijo ni chao, fue su último día en la Universidad y la última vez que lo vi. Supe que se fue al extranjero, no sé a donde. Luego de Año Nuevo llamé a su casa, hablé con su mamá para saludarla, la vieja muy seca y parca, ni gracias me dijo, le pregunté por Andrés y me dijo que se fue a trabajar a Argelia, o Argentina, no le entendí muy bien, y me cortó".

- Magda, ya voy cachando qué fue lo que pasó en tu casa -le dijo Zyra, jugando con sus anillos y pulseras y sonriendo con nerviosismo.
- Entonces le contaste a tu papá, él se puso furioso, te quiso matar a patadas y tu sólo te defendiste -sentenció Coni, también sentada en la alfombra, quitándose las Brooks y dejándolas bajo el sofá. Esta tarde no saldría a trotar al parque.
- Todavía no me lo creo. Maté a mi viejo... -dijo Magda, mirando a Zyra y a Coni, para luego llevarse las manos al rostro y frotando sus palmas en sus ojos, intentando borrar recuerdos que, debido al movimiento de sus manos, formaron vívidas y brillantes imágenes en su visión oscurecida que tomaban formas y colores en su mente.

(.............

Magda había horneado una lasaña exquisita, de queso y verduras. Una completa delicia que su padre saboreó con satisfacción. En la mesa había una botella de vino, un Miguel Torres que esa mañana Magda había comprado especialmente para don Jaime. Conversaron de la universidad, de sus estudios, don Jaime no rehuía el tema y parecía ya asumido frente a la idea de su hija ya definitivamente convertida en estudiante universitaria y con ganas de vivir su vida libremente. Revolvía más tarde su taza de café al terminar el almuerzo y miraba a su hija levantar los platos. Con una sorna ya acostumbrada miraba su figura ir y venir, su jean celeste muy ceñido, sus curvas hermosas y bien proporcionadas, la delgadez perfecta de sus brazos, su cintura delgada y su vientre que se dejaba ver al empinarse y poner vasos y tazas en el mueble de la cocina, su rostro limpio y esos ojos que tanto le recordaban a Natividad, a esa joven tránsfuga española venida de un campo perdido de España para venir a aterrizar a esa rutina de adrenalina y violencia que era y que fue su vida. No se negaba a ello, a esa sensación terrible de querer poseer a esa joven tan parecida a Natividad, ese deseo que ninguna prostituta, ninguna mujer torturada, ninguna amante furtiva durante todos sus años de despliegue de terror y violencia logró aplacarle. Recordó los paseos al campo, las jornadas de tiro, enseñándole a pelear, a montar, a conducir una motocicleta o un auto, a defenderse con un cuchillo o un palo, enseñándole los puntos débiles de un atacante. En esa rutina de instrucción de lucha y ejercicios militares, intentaba hacer de su hija un ser masculinizado, andrógino, de verde camuflado y botas gruesas, y que no le provocara esa andanada de deseo que llevaba sus manos hacia su cuerpo y sentir ese impulso terrible de querer poseerla.
Se levantó de la mesa, fue hacia el living y encendió el televisor. Se quitó el arma de su costado y la dejó en su mesa de cartas, para luego arrellanarse con comodidad en su sillón. Era tarde de fútbol en Megavisión. Jugaba el Real Madrid contra Rayo Vallecano. Zamorano era la estrella que justificaba sentarse frente a la pantalla esa temporada, descollante y exitosa para el jugador chileno en medio del invierno europeo. Los relatores deportivos, hiperventilados y que rezumaban una sincera estupidez al comparar a Zamorano con personajes históricos, brillaban en sus trajes blancos citando estadísticas empalagosas y del todo inútiles y repitiendo en cámara los goles de la temporada, protagonizados por el nuevo héroe del país, de impecable melena barriobajera y rostro patibulario, desencajado y ahíto de satisfacción al lograr batir el arco contrario.
Magda, nerviosa, preparó un té. Respiró hondo, con todo el mundo revolucionándose en su estómago,  y llevó una copa de vino a su padre. Éste la recibió con su mano izquierda, y con la mano derecha acarició, recorrió y atenazó por unos segundos el trasero de Magda, "gracias carita de queso..."; Magda contuvo la respiración y apretó los dientes. Volvió a la cocina por su té. En la mesa de la cocina al lado del lavaplatos brillaba el juego de cuchillos, insertos dentro de la cuña de madera que los contenía.
Imaginó por un rato degollándolo, por detrás, agarrando su cabeza con una mano y con la otra cortando su cuello, hundiendo la hoja y moviéndola con fuerza hacia el otro lado, rebanando el cuello, arterias y tendones, terminando con ese horror, desangrándolo, vengando a su madre y a ella misma, escupiendo sobre su cadáver en un despliegue de desprecio absoluto y siendo libre, fuera de esa casa fría y que apestaba a sangre seca y mantequilla rancia, fuera de esos prados verdes rodeados de piedras pintadas con cal por un puñado de pelados militares castigados de fin de semana, fuera de ese par de condominios castrenses, siniestros en su perfecta simetría que almacenaban espantos y cuyos habitantes guardaban orgullosamente secretos de horror y mentiras; fuera de todo eso, del aliento a vino del desgraciado de su padre, de sus manos encallecidas y asquerosas, fuera de ese sistema, corriendo a perderse en un horizonte que se dibujaba con cada pensamiento suyo, viva otra vez, sonriendo al volante de un auto robado, corriendo hacia el sol, feliz y temerosa, libre, al fin.

..................)

Esa tarde de sábado era fútbol en la televisión, era Zamorano y unos goles imposibles que repetían una y otra vez, mientras un locutor de voz cargante gritaba "gool...gool...goool.....!!", don Jaime Ciconne reía feliz, este Zamorano es un genio, pero mira cómo cabecea, es un crack...;  Magda miraba su taza de té, intentando quebrar ese hilo de ruido, la inconsciencia de su padre echado y sonriendo, con su bigote entrecano acompañando las exclamaciones y groserías de júbilo, dio un sorbo a su copa de vino y la dejó al lado del arma.
Magda era nervios y también era impaciencia, hastío, calor en la cara y sudor en las manos, cruzaba las piernas, respiraba con impaciencia, por la cresta no tenía oportunidad, apretó las manos y se levantó, su padre la tomó de un brazo y la sentó en sus piernas, veamos el partido juntos, sintió su mano en su cintura moverse y degustar la piel de su vientre, ahí mismo en donde ahora crecía y maduraba otra vida, sintió su mano subir por su vientre y querer alcanzar sus pechos debajo de su polera, Magda sintió el asco y la furia una vez más, antes de intentar ponerse de pie ya habían dos manos sobre cada seno, apretándolos y atenazándolos, los dedos ahora intentaban colarse debajo de su sostén, Magda cerró los ojos, asqueada, resistiendo ese tufo a vino que venía desde su nuca y alcanzaba su nariz, miró a un lado y vio el arma, se preguntó si estaría cargada, si el seguro estaba puesto, si tendría tiempo de salir de esa prisión horrible, ponerse de pie y coger el arma...., Zamorano corría y asistía en la cancha, los relatores deportivos en un completo frenesí de asoleado patriotismo futbolístico no paraban de parlotear; Magda, aun con los ojos cerrados, sintió que una de las manos se iba hacia su jean, a desabotonarlo y bajar el cierre, la otra mano con una firmeza descomunal la tenía abrazada por la cintura; con un horror indecible pudo sentir una dureza entre las piernas de su padre mientras la otra mano ya había desabrochado por completo su jean y con ambas manos intentaba desnudarla, sintió una respiración entrecortada detrás suyo, era la primera vez que llegaba tan lejos, Magda intentó ponerse de pie y en ese momento su pantalón y su ropa interior fueron bajados con una mano hasta sus muslos..., sintió unos dedos gruesos hurgar en su intimidad; Magda no resistió más el asco y el horror de esa tarde y abrió sus ojos.

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Zyra miraba a Magda y la tenía tomada de una mano. Coni, con una expresión de pena y profunda desazón, miraba Magda sentada en el suelo, descalza, ahora totalmente sola. Pensaba en su viaje la semana entrante a Europa con Zyra, a esa brillante y deseada oportunidad de trabajo, y en esta nueva y jodidísima contrariedad que a ambas se les presentaba. por las recrestas, y justo ahora. Miró a Magda y se sentó al lado de ella, abrazándola.
- No aguanté, no pude, era imposible..., tomé la copa de vino y se la tiré por la cara, viejo de mierda, y tomé la pistola, le saqué el seguro y apunté.

(Magda apuntaba con los ojos nublados, llorosa, la pistola de pronto le pareció muy pesada en su mano, con la otra intentaba subir su ropa interior y su jean; su padre, furioso, la cara y el pecho de su camisa y corbata empapados de vino intentó ponerse de pie, ven acá mocosa desgraciada, baja esa arma, su mano comenzaba a desabrochar su cinturón y sus pantalones, pásame la pistola y ponte de rodillas, Marga temblando caminó hacia atrás hasta dar con el televisor, Zamorano eficazmente asistido por Laudrup recibía un pase aéreo que Zamorano recibía en el aire, dando un giro increíble para golpear el balón con su cabeza y convertir y desatar el delirio en el Santiago Bernabéu, los alaridos del relator deportivo, goool...., goool...., goool....; el padre de Magda, furioso, intentaba alcanzar a su hija, baja esa pistola cabra de mierda te estoy diciendo, Magda estaba atrapada entre Zamorano celebrando goles y su padre que paso a paso se acercaba a ella con ambas manos crispadas, Magda con la otra mano tomó la corredera de la pistola, preparándola para el disparo, su padre no dejaba de mirarla con furia bestial, ojos brillantes, empapado en vino, un rápido contragolpe del Real Madrid pone nuevamente el balón en los pies de Zamorano quien dispara, "goool......", el relator deportivo estalla de júbilo, el padre de Magda levanta ambas manos galvanizadas como garras directamente al cuello de Magda; Magda con total frialdad y odio mira a su padre a los ojos, el retroceso del arma agitó sus brazos, el fogonazo y el estampido que la ensordeció fueron una sola cosa en sus ojos y oídos, en una levísima fracción de segundo entendió que había disparado y que no había vuelta atrás, quebrando su vida entera en un breve instante de eternidad; su padre se quebró como una caña pero no alcanzó a caer, la miró y puso una cara horrible de terror y furia, Magda disparó nuevamente, y otra vez, los tiros entraron en su pecho destrozando su camisa y desgarrando su carne, salpicando de gotas de sangre las paredes del living, estrellándose como naranjas arrojadas contra la pared; cayó al suelo, entre estertores mortales de furia y con las manos convertidas en garras ahora flojas e inertes, intentando atrapar un aire que ahora comenzaba a irse de sus pulmones perforados, mientras, una a una las imágenes de su vida de horror e impunidad pasaban por su mente y los grises espectros de sus víctimas anónimas aparecían ante él, antes de quedar con la vista fija en la lámpara de gotas del cielo raso, perder la vista en esas lágrimas de cristal y fundirse en la inconsciencia y el olvido en sí mismo.

El humo de la pólvora la despertó, picándole la nariz.)

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Coni lloraba, desconsolada, abrazada a Magda, quien en un nuevo desahogo del alma dejaba fuir su angustia y su pena, llorando y recordando con rabia todos los abusos sufridos, la muerte del único apoyo efectivo que tuvo que fue su madre, su reciente embarazo y el abandono de su novio.
Estaba sola, estaba embarazada, era una asesina y tenía hambre.
Zyra pareció intuir el sentimiento de Magda, dándole un tierno beso en su frente.
-No estás sola. Nunca más lo vas a estar. Te lo podemos jurar -le dijo Zyra con ternura, para luego dirigirse a la cocina del departamento.
- Magda, por la cresta oh.... me hiciste llorar -Coni luego de secarse las lágrimas comenzó a reir, con ese rictus de comicidad torpe e ingenuo que sigue al llanto - Me dio hambre. Zyra, ¿hagamos once?
- En eso estoy...! - dijo Zyra desde la cocina, quien ya estaba preparando un par de paltas y calentando agua para el té.
Madga fue al baño a lavarse la cara y las manos. Tenía los dedos aun con olor a pólvora y metal, sus uñas eran cortas y bien cuidadas. Miró sus ojos, cansados y con ganas de cerrarlos y dormir durante semanas. Sentía un desasosiego terminal, casi como un parto del alma, trozos de realidad que caían desde su ser en pedazos a lo largo de una carretera cuyo viaje no se detendría nunca; mirando esos trozos de su vida cayendo al camino, rodando, despedazándose, perdiéndose en la vera del camino, condenados al olvido. Una carretera que se extendía infinita hacia un futuro que no sospechaba, un horizonte nevado y surcado de dudas que, no obstante, la hacía querer seguir adelante y dejar atrás todo. Sentía una sensación de fuga, de estar en la mira de cazadores nocturnos, sensación que la hizo replegarse hacia una de las paredes del baño y mirar por la ventana hacia la ciudad, a veinte pisos de altura. Su pecho sintió un doloroso ramalazo de dolor y angustia al sentir, sobre los edificios, el ruido de un helicóptero que se dibujaba perfecto y letal en el impecable cielo celeste de ese atardecer de verano en la ciudad. Respiró con esa desesperación que da la angustia, esa sensación de fuga, de estar en la mira de cazadores, de policías, de todo un sistema que a esta hora se reunía con el objetivo de atraparla, encerrarla en algún lugar sin ventanas ni fotografías, sin agua fresca ni el arrullo de las olas contra la orilla.
Ok..., se secó la cara, se miró las manos. Estaba segura ahí.
Sabía pelear, sabía disparar. No se entregaría. 
Escape. La carretera. El horizonte nevado.

El helicóptero policial se perdió hacia el norte, fundiéndose el carraspeo de su motor con el murmullo de la ciudad cayendo el sol.

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("¡....purururururururu......purururururururu......!")
"Aló....?"

Zyra contestó la llamada desde la cocina, había terminado de preparar la merienda de esa tarde y estaba la pequeña mesa lista. Café de grano, té rojo, el jugo de kiwi y apio de Coni y lindas tazas trasparentes. Tostadas, palta, miel, mermelada de frambuesa y hojas de lechuga completaban el resto.

-Bueno, le diré a Coni. Besos, te veo luego.

Estaban las tres sentadas a la mesa, bebiendo té y disfrutando de la liviana merienda.
- Negra, ¿quién llamó?-preguntó Coni, untando miel a una tostada de pan integral.
- Llamó la Pepa Montes, tiene fiesta en su casa, está de "no cumpleaños", dijo, y quiere armar algo y huevear hoy en la noche.
- Mmmmm...-Coni masticaba su tostada y la terminó con un poco de jugo verde. -Dale, igual es buena idea, hace rato que no salgo.
- Por mi no se preocupen -dijo Magda, bebiendo una sabrosa taza de té. -Me acostaré acá en el sofá y no haré ruido.
- Negra, qué dices, ¿vamos?
- Ok, buena idea, así además tanteamos terreno sobre lo que pase afuera.
- Chiquillas, igual fíjense si hay gente afuera, algún auto, tipos con pinta de tiras, no sé...
- Ya cálmate flaca, pasará lo que tenga que pasar. Aquí estarás segura, nadie te va a relacionar con nosotros.
- Lo sé..., el auto de mi papá lo dejé al salir de la Vespucio y tomar El Salto, me metí por Recoleta y dejé el auto tirado cerca del cementerio, abierto y con las llaves dentro. Seguro ya se lo robaron, tomé un taxi y llegué acá.
- ¿Segura que el taxista no te miró mucho?
- No creo, iba con las gafas puestas y ni me habló. Piola, no pasará nada, además entré al edificio por el estacionamiento, tu conserje ni me vio, seguro.
- Ok flaca, creo en tí. Harto pilla me saliste eh....?
- Obvio pues Coni, que de algo me haya servido todo lo que aprendí.
Las tres amigas terminaron su merienda, relajadas y riendo. El televisor estaba encendido con las noticias de las nueve, "24 Horas", y una seria y circunspecta Patricia Espejo, y el eternamente bronceado Eduardo Cruz-Johnson daban lectura y repaso a las noticias de ese abúlico sábado de verano.
Mientras Magda lavaba platos y tazas, y mientras Coni y Zyra se arreglaban y vestían en sus dormitorios, Magda daba miradas de cuando en cuando al televisor. Unas cuantas notas acerca del veraneo de los santiaguinos en el litoral central, bikinis y gente jugando a las paletas, y con "All she wants" de los Ace of Base de fondo, daban repaso a las imágenes típicas del verano por televisión.
Mientras Magda secaba y guardaba loza, una feliz y tostada Mónica Pérez degustaba mariscales fríos y machas a la parmesana en cámara.
Ni una noticia acerca de lo que pasó en su casa esa tarde.
Volvió al sofá, con el control remoto dio una vuelta por los canales nacionales sin advertir nada extraño. Raúl Sohr le daba una vuelta una vez más a la guerra en los Balcanes, mientras Rafa Cavada despachaba una nota de prensa montado arriba de un carro de combate en Srebrenica.

-Ya flaca, nos vamos. Porsiaca, corre las cortinas y no enciendas ninguna luz, el conserje nos verá salir a ambas- dijo Coni, retocándose el labial en su espejo de mano.
- No problem, sólo veré televisión y bien bajito.
- Si quieres ir a dormir anda a mi cama, no te hagas problema. Hay leche, jugo y lo que quieras en el refri, sírvete lo que quieras.
- Gracias negra. Chao, pásenlo bien.

Magda quedó sola en el departamento, cortinas corridas y casi a oscuras. Fue a la habitación de Zyra y buscó una toalla de baño en el armario. Se desnudó y fue a la ducha, a relajarse con agua caliente y a dejar ir toda esa angustia y miedo que sentía.
Se puso luego una túnica de Zyra, de algodón turquesa muy suave. Descalza y secándose el pelo con la toalla, volvió al sofá. Por un momento feliz, comprobó que aún no habían indicios del incidente.
Se acomodó con un vaso de jugo verde y unos pistachos, lista para ver un capítulo de Melrose Place.

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jueves, 9 de febrero de 2017

Obertura

Picaba la nariz el humo de los disparos y con la vista nublada trató de rascarse. Los dedos olían a encendedor y a metal caliente.
El humo de la pólvora comenzaba a disiparse y el tinitus en los oídos aún taladraba en su cerebro con su pitido infernal luego de los estampidos. Magda apartó la vista del cuerpo que aún emitía estertores agónicos de fatal sorpresa, miró el arma aún humeante en su mano izquierda, la empuñó con fuerza y, con firmeza, se puso en movimiento.
Corrió escaleras arriba, nerviosa, urgente, sudorosa por el calor de esa tarde de verano y por la tensión que sentía mientras el corazón latía con fuerza en su cuello y sus sienes. Entró a su habitación respirando angustias pero a la vez con una resolución firme en su mente y en sus manos. No daría pie atrás ni se entregaría.
Ahora sólo estaba en su mente escapar. Se mantuvo en silencio unos minutos, aguardando voces o movimiento en las demás casas del condominio luego de haber disparado el arma.
No escuchó voces ni nada que la alertara, salvo el ladrido lejano de un perro en el condominio del lado, y el motor de los buses y demás vehículos que circulaban insensibles por Américo Vespucio, un centenar de metros más allá.
Miró por la ventana de su habitación y se sorprendió al comprobar que, luego del hecho, la vida simplemente seguía su curso en esos parcos y correctos chalets construidos con precisión castrense en ambos condominios, habitados por uniformados y funcionarios de Gobierno en la comuna. Unos cuantos taxis y automóviles circulaban por la calle aledaña y dos pequeñas niñas rubias tomadas de la mano de una mujer morena y de trenzas caminaban tomando un helado.
Respiró tranquila y se concentró.
Guardó algo de ropa interior en una mochila que aún contenía arena de playa de su último verano en Algarrobo con sus amigas. Tomó de su armario unos jeans, unas botas café de cuero y tacones que amaba y escondió el arma al fondo de su mochila. Extrajo todo el dinero que guardaba con cierto dejo infantil en una caja de madera en una repisa sobre su cama y miró el montón desordenado de billetes, apenas lo suficiente para escapar a Argentina por tierra y sobrevivir en alguna ciudad pequeña por una semana, pensó. Sacó su estuche personal desde su bolso de uso diario, comprobó su contenido y lo guardó en su mochila.
Fue al baño, con una urgente necesidad producto del stress y la tensión. Luego lavó sus manos y su cara. Miró al espejo su rostro, sus profundos ojos verdes maternos, cepilló con ligereza su cabello castaño y miró su pequeña cicatriz de peste cristal en una de sus mejillas, recordando en ese momento el apodo con el que su padre, ahora muerto de tres balazos en el pecho y que yacía desangrándose sobre el suelo del living, le llamaba durante su niñez.
("Carita de queso")
Quiso llorar pero no debía permitírselo. Era preciso escapar.
Carita de queso.
Mochila lista, dinero en su bolsillo. Bajó al living y extrajo las llaves del auto de su padre desde el bolsillo de su pantalón. Miró por última vez el cadáver tirado en el suelo del living, entre el sofá y un sillón, desparramado y olvidado como un saco roto en medio de un charco de sangre granate y gomosa que Magda, no sin algo de desdén, se esforzó en no pisar.
Del cinturón de servicio de su padre extrajo dos cargadores repletos de munición para el arma, guardándolos en la mochila. Decidida, cruzó la puerta de su casa, la reja del antejardín, entró al auto y se alejó para siempre de su hogar.
Una cuadra más allá, en la esquina, y antes de tomar el empalme hacia Americo Vespucio su alma no resistió más la tensión y se dejó caer sobre sí misma. Magda acercó el auto a la acera, puso ambas manos sobre el volante y lloró, con un llanto abrumador que la apabulló por largos minutos. Recuerdos de infancia, cumpleaños, navidades, paseos de verano con su madre fallecida de cáncer años atrás; todo se amalgamaba en un angustioso flashback cuyo episodio final definiría y cambiaría el curso de su vida para siempre.
Nadie tocó a la ventana del auto a pesar de su llanto. Apenas unos niños en bicicleta pasaron por su lado, indiferentes y felices. Diez minutos después se miraba en el espejo retrovisor, secándose las lágrimas y buscando unos cigarrillos olvidados en su mochila. Debía partir donde Coni y Zyra y pedirles alojamiento durante unos días.

Se caló unos anteojos negros, encendió un cigarrillo y trató de sintonizar una buena canción en la radio. Dejó el dial en un canal de noticias y volvió a poner en marcha el auto para conectar con Américo Vespucio y conducir hacia el departamento de sus amigas.

"Y en noticias del espectáculo, se confirma la  reciente llegada al país de Ricardo Arjona para esta nueva versión del Festival de la Canción de Viña del Mar. Los dejamos con una canción de su último disco, "Historias", la canción "Historias de Taxi...."

Eran las 17:48 horas del último sábado del mes de enero de 1995.